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Monday, May 17, 2004

ALOE

(No está muy depurado, pero por una amiguiña lo pongo ya.
Algunos de sus datos quiero revisarlos)

Estas plantas están acostumbradas a lluvias copiosas pero infrecuentes. Es conveniente conocer el entorno natural de una planta, para poder cuidarla adecuadamente.

Hay por tanto que regarlo una vez a la semana con cierta intensidad dejando caer el agua sobre él con una regadera (cuando incia su proceso vegetativo). El agua, como siempre, mejor si es de lluvia. Si tiene que ser de grifo, conviene dejarla repoasr unos días en un cubo para que pierda el cloro y pierda su posible frialdad.

La tierra de la maceta, que sea una mezcla de al 50% entre arena y turba, y que tenga un agujero en el fondo la maceta, para que drene, que si no, se pudrirá la raíz, (que me da, por lo que vi, que es del tipo pivotante, por eso quizás a los ALOES les vendría bien una maceta con cierta profundidad, aunque sea estrecha, para que crezcan con ganas.

Aguantan 0º de temperatura, así que si el invierno no es crudo, puede vivir perfectamente a la intemperie. Pero el sol directo y en grandes cantidades, casi seguro que lo quema. Como suele ser habitual, tiene que darle una buena luz pero no sol directo y como dije, le pueda caer la lluvia de vez en cuando. Cuando haya crecido y estén gruesas sus hojas, se le puede extirpar alguna, y utilizar su jugo como crema hidratante. Al principio parece pringoso, pero cuando se absorbe, desaparece la sensación.

No sirve, naturalmente, para preparar ningún tipo de ensalada, eso sería como comerse la leche hidratante tal cual si fuera mayonesa.

Mi hermana menor plantó en el suelo algún que otro ALOE (variedades variegata y vera), hace tiempo, en la casita de campo de mis padres, convenientemente protegidos porque el verano es caliente (caliente, no cálido) y el invierno obsequia algunos períodos de nada desdeñable frío, y allí sin embargo, crecieron considerablemente. Ella me contaba las triquiñuelas de estas plantas, afición que yo le induje cuando un tiempo anterior, le fui regalando variados cactus y crasuláceas, todos de pequeño tamaño. Los fue cuidando, y tiene hoy más de un centenar de especies en una especie de jardín botánico de cactus al que no recomiendo entrar si no es con un traje de buzo, pero de buzo de los de escafandra.


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Thursday, May 06, 2004

192 árboles recordarán en Madrid a las víctimas del 11-M
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Tuesday, March 09, 2004

ESTAR EN LA HIGUERA.

Su fresca sombra en tórridos veranos nos hace olvidarnos del mundo, y quizás de ahí provenga cierto sentido para la frase con que titulo esto.

Quizás yo esté ahora bajo una higuera, pero me siento cómodo.

Es un árbol que creciendo salvaje, extiende sus ramas como largos dedos a su alrededor, y con ellos llega a tocar el suelo, creando y protegiendo así su espacio propio. Se hace intrincada, y sirve de refugio a las aves.

Crece en lugares soleados pero por donde corra el agua. Incluso entre recovecos pedregosos. No le van bien los fríos prolongados. En La sierra de Grazalema, en Málaga, crecen salvajes algunas. En el castillo de uno de esos blancos pueblos de allí, de nombre impronunciable, al que se accede desde Estepona, he visto varias, cuando notando la primavera, empezaban a brotar. Su porte invernal es enrevesado.

Tiene la higuera un fruto denso y dulce como pocos, y un refrán también: “de higos a brevas”. Y su olor en verano bajo sus a veces inmensas hojas, reconforta a cualquier paseante. Para intensificar la formación de frutos, se suele plantar en una tinaja enterrada, lo que da idea de su predilección por los pedregales. No requiere tierra fértil, más bien al contrario.

Su tronco es blando y su madera flexible. Sus troncos eran antes lugares donde los amoríos juveniles dejaban el corazón de su huella. Yo dejé allí, en aquella higuera del monte de mi adolescencia, un gran corazón por una chica. Las cosas me separaron del árbol, y de esa chica. Pero el corazón siguió creciendo en su tronco, y hoy, pasados casi mil años, ese corazón gigante he sabido que está en su pecho y en el mío.

Planté hace poco una pequeña higuera en un parterre público. Me la cuidan los jardineros del ayuntamiento, pero yo la regaré más a menudo cuando el calor apriete. Cuando crezca al compás de mi hijo, podrá grabar él en ella, su propio corazón.




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Monday, March 08, 2004

Estar en la Higuera, los Hijos del Níspero, el Corazón del Cáctus....mis primeros títulos...
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EL ÁRBOL DE LA AMISTAD

El TERRIBLE ENEMIGO es el título con que yo lo he conocido. No es un cuento mío - más quisiera yo - e ignoro su autor y origen.

No sé si existe un árbol con ese bello nombre. Si lo encontrara, lo modificaría genéticamente para que en su tronco se pudiera leer esta hermosa leyenda.


Había una vez, en un reino muy lejano y perdido, un rey al que le gustaba mucho sentirse poderoso. Su deseo de poder no se satisfacía sólo con tenerlo. Él necesitaba, además, que todos lo admiraran por ser poderoso. Así como la madrastra de Blanca nieves no tenía bastante con verse bella, también él necesitaba mirarse en un espejo que le dijera lo poderoso que era. Él no tenía espejos mágicos, pero contaba con un montón de cortesanos y sirvientes a su alrededor a quienes preguntar si él era el más poderoso del reino. Invariablemente todos le decían lo mismo:
- Alteza, eres muy poderoso, pero tú sabes que el mago tiene un poder que nadie posee. Él conoce el futuro.

En aquella época, alquimistas, filósofos, pensadores, religiosos y místicos eran llamados genéricamente "magos".
El rey estaba muy celoso del mago del reino, pues éste no sólo tenía fama de ser un hombre muy bueno y generoso, sino que además el pueblo lo amaba, lo admiraba y festejaba que existiera y que viviera allí. No decían lo mismo del rey. Quizá porque necesitaba demostrar que era él quien mandaba, el rey no era justo ni ecuánime, y mucho menos bondadoso.
Un día, cansado de que la gente le contara lo poderoso y querido que era el mago, o motivado por esa mezcla de celos y temores que genera la envidia, el rey urdió un plan: organizaría una gran fiesta a la que invitaría al mago. Después de la cena, pediría la atención de todos. Llamaría al mago al centro del salón y, delante de los cortesanos, le preguntaría si era cierto que sabía leer el futuro. El invitado tendría dos posibilidades: decir que no, defraudando así la admiración de los demás, o decir sí, confirmando el motivo de su fama. Entonces le pediría que dijera en qué fecha iba a morir el mago del reino. Éste daría una respuesta, un día cualquiera, no importaba cuál. El rey tenía planeado sacar su espada y matarlo en ese mismo momento. Así conseguiría dos cosas de un golpe: la primera, deshacerse de su enemigo para siempre; la segunda, demostrar que el mago no había podido adelantarse al futuro ya que se habría equivocado en su predicción. En una sola noche se acabarían el mago y el mito de sus poderes...

Los preparativos se iniciaron enseguida y muy pronto llegó el día del festejo. Después de una gran cena, el rey hizo pasar al mago al centro y se dirigió a él:
- ¿Es cierto que puedes leer el futuro?
- Un poco- Dijo el mago.
- ¿Y puedes leer tu propio futuro?- preguntó el rey.
- Un poco- dijo el mago.
- Entonces quiero que me des una prueba- continuó el rey-. ¿Qué día morirás? ¿Cuál es la fecha de tu muerte?
El mago se sonrió, lo miró a los ojos y no contestó.
- ¿Qué pasa, mago?- dijo el rey, sonriente-. ¿No lo sabes? ¿No es cierto que puedes ver el futuro?
- No es eso- contestó el mago-. Pero lo que sé, no me atrevo a decírtelo.
- ¿Cómo que no te atreves?- dijo el rey- ...Yo soy tu soberano y te ordeno que me lo digas. Debes darte cuenta de que es muy importante para el reino saber cuándo perderemos a sus personajes más eminentes. Contéstame, pues. ¿Cuándo morirá el mago del reino?
Después de un tenso silencio, el mago lo miró y dijo:
- No puedo precisarte la fecha, pero sé que el mago morirá exactamente un día antes que el rey.

Durante unos instantes, el tiempo se congeló. Un murmullo corrió entre los invitados. El rey siempre había dicho que no creía en los magos ni en adivinaciones, pero lo cierto es que no se atrevió a matar al mago. Lentamente, el soberano bajó los brazos y se quedó en silencio. Los pensamientos se agolpaban en su cabeza. Se dio cuenta de que se había equivocado. Su odio había sido el peor consejero.
- Alteza, te has puesto pálido. ¿Qué te sucede?- preguntó el invitado.
- Me encuentro mal- contestó el monarca-. Voy a ir a mi habitación. Te agradezco que hayas venido... Y, con un gesto confuso, giró en silencio encaminándose a sus habitaciones. Pensó que el mago era astuto. Había dado la única respuesta que podía evitar su muerte. ¿Habría adivinado su muerte? La predicción no podía ser cierta. Pero, ¿y si lo fuera? Estaba aturdido...
El rey volvió sobre sus pasos y dijo en voz alta:
- Mago, eres famoso en el reino por tu sabiduría. Te ruego que pases esta noche en palacio, pues debo consultarte por la mañana sobre algunas decisiones reales.
- ¡Majestad! Será un gran honor...- dijo el invitado con una reverencia.
El rey dio órdenes a sus guardias personales para que acompañaran al mago hasta las habitaciones de huéspedes en el palacio y custodiasen su puerta asegurándose de que no le pasara nada.
Esa noche, el soberano no pudo conciliar el sueño. Estuvo muy inquieto pensando qué pasaría si al mago le hubiera sentado mal la comida, o si se hubiera hecho daño accidentalmente durante la noche, o si simplemente le hubiera llegado su hora. Muy temprano por la mañana, el rey golpeó la puerta de las habitaciones de su invitado. Nunca en su vida se le había ocurrido consultar a nadie antes de tomar sus decisiones, pero esta vez, en cuanto el mago le recibió, hizo la pregunta... Necesitaba una excusa. Y el mago, que era un sabio, le dio una respuesta correcta, creativa y justa. El rey, casi sin escuchar la respuesta, alabó a su huésped por su inteligencia y le pidió que se quedara un día más, supuestamente para "consultarle" otro asunto... (Obviamente, el rey sólo quería asegurarse de que no le pasara nada.) El mago, que gozaba de la libertad que sólo conquistan los iluminados, aceptó. Desde entonces, todos los días, por la mañana o por la tarde, el rey iba hasta las habitaciones del mago para consultarle y lo comprometía para una nueva consulta al día siguiente. No pasó mucho tiempo hasta que el rey se dio cuenta de que los consejos de su nuevo asesor eran siempre acertados y terminó, casi sin notarlo, teniéndolos en cuenta en cada una de sus decisiones. Pasaron los meses, y luego los años. Y, como siempre, estar cerca del que sabe hace más sabio al que no sabe. Así fue. Poco a poco, el rey se fue volviendo más y más justo. Ya no era despótico ni autoritario. Dejó de necesitar sentirse poderoso, y seguramente por ello dejó de necesitar demostrar su poder. Empezó a aprender que la humildad también podía tener sus ventajas. Empezó a reinar de una manera más sabia y bondadosa. Y sucedió que su pueblo empezó a amarlo como nunca antes lo había amado. El rey ya no iba a ver al mago para preguntar por su salud, sino simplemente para aprender, para compartir una decisión o simplemente para charlar. El rey y el mago llegaron a convertirse en excelentes amigos.

Hasta que un día, más de cuatro años después de aquella cena, sin que hubiera ningún motivo, el rey recordó. Recordó que aquel hombre al que ahora consideraba su mejor amigo había sido su odiado enemigo. Recordó el plan que había urdido para matarlo. Y se dio cuenta de que no podía seguir manteniendo aquel secreto sin sentirse un hipócrita. El rey hizo acopio de coraje y fue hasta la habitación del mago. Golpeó la puerta y, en cuento entró, le dijo:
- Hermano mío, tengo algo que contarte que me oprime el pecho.
- Dime- dijo el mago- y alivia tu corazón.
- La noche que te invité a cenar y te pregunté sobre tu muerte, yo no quería saber nada sobre tu futuro, en realidad. Planeaba matarte fuese cual fuese tu respuesta. Quería que tu muerte inesperada desmitificara tu fama de adivino. Te odiaba porque te amaban... Estoy tan avergonzado...
El rey suspiró profundamente y siguió:

- Aquella noche no me atreví a matarte, y ahora que somos amigos, y más que amigos, hermanos, me aterra pensar todo lo que habría perdido si lo hubiera hecho. Hoy siento que no puedo seguir ocultándote mi infamia. Necesitaba decirte todo esto para que me perdones o me desprecies, pero sin engaños.

El mago lo miró y le dijo:
- Has tardado mucho tiempo en poder decírmelo. Pero, de todos modos, me alegra que lo hayas hecho, porque esto es lo único que me permitirá decirte que ya lo sabía. Cuando me hiciste aquella pregunta y acariciaste con la mano el puño de tu espada, fue tan clara tu intención que no hacía falta ser adivino para darse cuenta de lo que pensabas hacer. El mago sonrió y puso su mano sobre el hombro del rey.

- Como justa devolución a tu sinceridad, debo decirte que yo también mentí. Te confieso que inventé esa absurda historia de mi muerte antes que la tuya para darte una lección. Una lección que hasta hoy no has podido aprender.

Quizá sea lo más importante que te he enseñado:
"Vamos por el mundo odiando y rechazando aspectos de los otros y hasta de nosotros mismos que creemos despreciables, amenazantes o inútiles... Sin embargo, si nos damos tiempo, terminamos dándonos cuenta de lo mucho que nos costaría vivir sin aquellas cosas que en otro momento rechazamos"

"Tu muerte, mi querido amigo, llegará justo el día de tu muerte, y ni un minuto antes. Es importante que sepas que yo estoy viejo, y que mi día seguramente se acerca. No hay ninguna razón para pensar que tu partida deba estar atada a la mía. Son nuestras vidas las que se han ligado, no nuestras muertes."

El rey y el mago se abrazaron y festejaron brindando por la confianza que cada uno sentía en aquella relación que habían sabido construir juntos.
Cuenta la leyenda que, misteriosamente, aquella misma noche el mago... murió mientras dormía.

El rey se enteró de la mala noticia al día siguiente, y se sintió desolado. No estaba angustiado por la idea de su propia muerte. Había aprendido del mago a desapegarse incluso de su permanencia en este mundo. Estaba triste por la muerte de su amigo. ¿Qué extraña coincidencia había hecho que el rey le pudiera contar aquello al mago justo la noche anterior a su muerte? Tal vez, de alguna manera desconocida, el mago había hecho que él pudiera decirle aquello para poder liberarlo de su miedo a morir al día siguiente. Fue un último acto de amor para librarlo de sus temores de otros tiempos... Cuentan que el rey se levantó y que cavó con sus propias manos una tumba para su amigo el mago en el jardín, bajo su ventana. Enterró allí su cuerpo y el resto del día se quedó al lado del montículo de tierra, llorando como sólo se puede llorar la pérdida de los seres más queridos. Y, recién entrada la noche, el rey volvió a su habitación. Cuenta la leyenda que esa misma noche, 24 horas después de la muerte del mago, el rey murió en su lecho mientras dormía...

Quizá por casualidad...
Quizá por dolor...

Quizá para confirmar la última enseñanza de su maestro.

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